El camino a Santiago

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El 19 y 20 de enero de 2008 viajé por Santiago de Compostela, al norte de España, justo en la provincia gallega. Aunque el viaje me hizo bien para dispersar un poco la tensión que había acumulado en la semana, y la compañía del argentino Fernando me motivaba, no logré aplacar mi desolación.
Transcurrían las horas. Por primera vez me sentí en Europa, me senté en medio de las sillas de la iluminada catedral gótica, contemplé un árbol que me remitió a Oxford, tomé buen café, comí una buena parrillada con queso de cabra y, sobre todo, intenté curarme. Sin embargo, la constante en mi cabeza eran los buenos tiempos con Jorge y el ominoso desenlace de mi «relación» con A.
Por momentos, las caminatas por las soleadas calles de Santiago me hacían olvidar las palabras de A. Por otros, sentía una pérdida de admiración y pena por él. Pedí a “los grandes” que intercedieran por mí y, al mismo tiempo, recé por estar con «el mejor de todos».
Santiago me sirvió como una válvula de escape. Lo lamentable fue regresar a casa y toparme con una realidad incambiable. Santiago me dejó, al final, sólo una paz armada o una guerra silenciosa.

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