En la tierra de "Ratatouille"

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Antes de subir al avión mi buen amigo Fer me pidió que no me enamorara, pero no lo escuché. Por tres días me sentí en las nubes; fue tan grande la emoción que sólo pude quedarme callada. Y es que París es como un cubo de Rubrick, en el que cada piecesita es increíble por la fuerza de su color, pero la mezcla de todos deriva en un mundo fascinante, en un rompecabezas perfectamente ensamblado.

Es altamente recomendable comerse todo París, tocar todos sus olores y saborear todos sus rinconcitos. Sus edificios y monumentos gloriosos, sus galerías millonarias, el paso de su revolucionaria historia y sus incontables artistas maravillan.
Pero el mejor París de todos es el que se descubre en sus calles comunes y corrientes, el que dibuja atisbos de magia con su cotidianidad, el que describe Hemingway y el que sitúa las mejores escenas murakamianas.
A mí me gusta París porque hace que mi barriga se llena de risa y porque cuando camino por sus calles sólo puedo pensar que volveré para compartirlo con “el mejor de todos”.

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