Entre Veracruz y Lisboa

Avatar de DEVA

Deseaba tanto ir a México que Dios, la vida, el karma o el destino me concedió medio favor. Desperté después de nueve horas de viaje y al hacerlo me di cuenta del milagro: el autobús me condujo a Veracruz, lugar de mi corazón. Lisboa es tan bonito y parecido al puerto mexicano que desde el comienzo me arrancó un suspiro. No hay viejos bailando danzón en el parque, pero hay fado que desata la misma nostalgia. La gente es dulce como la veracruzana y habla como si realmente tuvieran ganas de hacerlo. Hay mercados pintorescos al aire libre, se puede tomar café –aunque malo- en las terrazas o caminar un poco mientras se contempla el húmedo atardecer. A cambio del humorístico acento veracruzano, nueve dominicanos acompañaron la travesía, y en lugar de truchas, aguachiles y camarones hubo bacalao y sardinas, aunque yo, por supuesto, pasé de ellos.

Transcurrieron los días santos entre rincones pequeños y tardes bohemias. En Sintra, un castillo kitch, un bosque cuesta arriba y varias callejuelas me dieron aire suficiente para no añorar demasiado. Cascais volvió loco a los amantes de la playa y al ritmo de las olas y de Still Wake Up in the Morning lancé un suspiro en honor de “él”. Belem resultó más encantador de día que de noche y sus pasteles me recordaron la natilla de Anita, esa que le gusta tanto a mi papá. Pero de todos los lugares bonitos, Lisboa, sin duda, fue el mejor de todos.
La otra mitad del favor se quedó en Veracruz.

Deja un comentario