De chinas y milaneses

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Milán, capital mundial de la moda. Glamour, excesos, superficialidad y lujo enmarcan la ciudad que, en algún tiempo, fungió como el principal puerto italiano. Impresiona la plaza central con su Duomo de un gótico majestuoso, que convive con la última tendencia de la moda y con un cielo primaveral de tonos azules y rosados. No faltan los hombres herederos de Ulises, guapos y creativos con una labia blasfema que arroja caricias. La Santa Cena eriza el cuerpo de quienes la contemplan, aunque no falta quien rompa el encanta al hablar sabiamente del Código de Da Vinci. Maravillan sus plazas e iglesias y sus terrazas para deleitar un buen café. A cada paso crecen las ganas de compartirlo con quien debería ser compartido.

No todo es bueno. Un hostal, parecido a un manicomio de la década de 1950, funge como hogar pasajero. El olor a naftalina es tan auténtico como su tétrico personal. La comida es igual de antigua que el edificio y un cereal rancio es la mejor oferta del menú. Los cuartos compartidos entre seis personas no ayudan, menos cuando las compañeras son chinas escandalosas… en este lugar hay que cuidarse porque puedes no salir vivo de la locura trasnochada de las asiáticas.

Lo que salva la mala noche de chinas, suspiros y añoranzas es el paisaje del Lago Como. Según dicen los que saben, a sólo 45 minutos de Milán, el tercer lago más grande de Italia esconde la casa de George Clooney y otros famosos. Un buen clima convive con los pobladores y motociclistas, con las embarcaciones pequeñas y los pintorescos vendedores. Un mercado en la plaza central ofrece las delicias culinarias producidas por los locatarios. Fellini hubiera podido rodar cualquier escena del panorama.

Pero ni el bonito Milán ni el acogedor pueblo de Como ganan a la mejor delicia recitada, utópicamente, al oído: «Come questi in terra italiana alcune parole per decirte che siete l’amore della mia vita e che al giorno d’oggi sono convinto che desidero a comparir la mia vita con voi«…

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