Descifrando al abuelo

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Los viernes, el abuelo acudía a casa, puntual y sin falta, a comer y deleitarnos con fascinantes pasajes. Se sentaba frente a la silla de Nacho, miraba a mi mamá encantado mientras repetía el plato y comenzaba, gustoso, sus cátedras de historia. Conocía a precisión, como todo buen ingeniero, los datos que cambiaron el rumbo del planeta. No se le escapaba ninguna fecha, batalla ni tipo de artillería, pero, al final, siempre terminaba apuntando hacia el mismo horizonte: Alemania.

Para el abuelo, el país germano era el principio y fin de todo. Lo consideraba superior, porque había sido capaz de levantarse de las caídas más profundas, y porque en cada época había logrado que el mundo volteara sus ojos hacia él. Pensaba, al más rojo estilo, que el comunismo bien implantado, y sin una tutela errada, hubiera podido triunfar sólo ahí, en donde la gente domina su trabajo; la técnica, el diseño y la producción son superiores, y en donde la enseñanza pulcra es parte del desarrollo natural del hombre.

Siete años después de que el abuelo dejara de asombrar con sus palabras, comprendí lo que realmente veía en Alemania, un rincón paradigmático. Porque en la que fuera la República de Weimar todavía huele al lastre de la guerra, al tiempo que se reconstruye para vestirse mejor que antes; porque pulsa por la integridad de Europa, mientras intenta encontrar la fórmula de cuadrar sin culpa alguna. Y, al tiempo que se debate en aprender cómo hacerlo todo simultáneamente, conviven las más distintas tribus como jamás lo hicieron antes.

Berlín, como versa Blas, no es el guapo hombre, sino el interesante varón, a lo que yo agrego sensual, porque requiere de todos los sentidos para poder saborearlo como se debe. No esconde bellos rincones, pero sí los más enigmáticos. Tampoco alberga los museos más exquisitos, pero no hacen falta porque prácticamente es un ser humano, que muta, evoluciona, retrocede y se transforma. Pero no es voluble, es más bien altivo y ególatra, porque cree en lo que tiene, porque se sabe cautivador y porque guarda muy bien sus secretos, siempre a la espera de que alguien los descubra.

7 respuestas

  1. Anónimo

    Berlin es Berlin. Punto.

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  2. Anónimo

    De tu texto, me encanta el pensar como de pronto algo que siempre estuvo allí, y que en este caso tu abuelo lo veía tan claramente, ahora sea un hallazgo insólito. Eres ahora afortunada en el arte de desvelar, por mientras yo voy a esperar tu próxima desvelación para ver ese viejo mundo nuevo…

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  3. Anónimo

    Por cierto tu texto «Preámbulo» me gustó mucho.

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  4. Anónimo

    Creo que buscaré escribir en mi blog algo así de bonito de Cancún, jejejeje, no??????Claro, si prometes y prometen visitarlo, porqu ando bien abandonaooo.

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  5. Anónimo

    Botón: tú tienes la razón absoluta sobre Berlín.Rafael; Muchas gracias por pasarte por aquí. Me encanta descubir lo nuevo en lo viejo!David: Yo iré en noviembre a Tulum así que estaremos muy cerca. Tú cuándo vienes???

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  6. Anónimo

    A ver Vázquez, ahora lo digo yo: te luciste. Esta clase de historias me gustan.

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  7. Anónimo

    Bruja!!!! Yo he tenido el privilegio de escucharte esas clases de historia, pero nunca dejará de asombrarme y deleitarme tu manera de pintar las palabras. tqm

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