Me pregunto cuánto habrá sufrido mi abuela en la vida, seguramente mucho, aunque nunca la he escuchado quejarse de nada. En cambio, se ríe a bocanadas, como quien sabe lo mucho que cuesta la vida como para desperdiciarla en lágrimas. Y si llora, lo hará en silencio, lo que reafirmaría por qué para mí es la mujer más valiente del mundo.
No exagero cuando digo que es la matriarca indiscutible de una difícil tribu muégano. Si su voz habla todo el mundo calla y no hay quien se atreva a ir en su contra, porque la abuela es el tipo de metiche que quieres que se entrometa en tu vida y te diga qué hacer para acertar, incluso, en contra de todos los pronósticos.
Y ahí la ves, igual en un restaurante enseñándole al chef cómo elaborar sus platillos, como aprendiendo a jugar lo último de Nintendo, sabiendo que al final te dará una paliza. Por eso no la quieres tener sentada en la misma mesa de póker, ni compitiendo en el balero, la memoria o la matatena.
Pero lo que más le gusta a la abuela es pavonearse de los suyos. Alardea frente a los demás de cualquiera de sus 26 criaturas, resaltando siempre sus mejores virtudes: «Que si mi hijo médico hizo esto y mi hija la periodista lo otro, que si mi nieto fulano es muy guapo, y sutano es mejor…» y así se le va la vida, saboreando los triunfos que ella misma ha cosechado por años.
A mi abuela la llamo abuelo, en masculino, como un roble que se vuelve más fuerte y frondoso con el paso de los años. Explorarla es fascinante, pero quererla es todavía mejor, pues como dice su nombre, mi abuel@ está «plena de gracia divina».
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