Doña Cata tiene cáncer, pero no está triste. Disfruta de Madrid como hace mucho tiempo no lo hacía. Sabe que, probablemente, éste sea el último verano que pueda ver, así que se contenta con admirar lo que siente muy suyo. Camina feliz junto a su esposo, Ramón, cuyo rostro no es tan alegre, aunque, creo, hace el mejor esfuerzo para aparentar que no sufre.No hacen nada fuera de lo común. Doña Cata cree que en la vida hay que ser felices y a ella siempre la ha gustado pasar el verano en el sitio en el que se sentó por primera vez hace ya 10 años: “Voy a morir, no voy a participar en ninguna competición, así que no tengo que cambiar mi rutina”, dice.
Doña Cata es tan valiente que no teme hablar de su muerte; cada que lo hace, Don Ramón tuerce un poco la boca y pasa mal la saliva. Ella lo regaña si lo sorprende cabizbajo, quiere cuidar de él hasta el último minuto. Incluso, en los últimos meses, desde que dejó la quimioterapia, Doña Cata se ha dedicado a enseñarle a regañadientes a su viejo cómo hacer los quehaceres de la casa, no quiere que sea un inútil cuando se haya ido.
Doña Cata se levanta a refrescarse los pies, mientras Don Ramón rompe el silencio que ha mantenido durante diez minutos: “Mi mujer quiere que yo piense que ella no tiene miedo a morir, pero la oigo llorar todas las noches. Yo hago como que le creo, quiero que piense que me quedaré tranquilo cuando ella no esté. Pero, cariño, tú a callar, que no quiero que se le rompa el corazón”.
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