Dejé Madrid con saldo a favor. Miles de imágenes se reconstruyen ahora en mi cabeza, en un esfuerzo continuo por no olvidar, porque si me olvido de algo morirá una risa o una lágrima descompletando el crisol. En mi bolso tengo un puñado de buenos hermanos de este continente; un “dipalate de homble etrambótico” que sabe hacerme sonreír; un mexicano gruñón que guarda los silencios mejor que nadie; una portuguesa con sabor a Latinoamérica, y algunos españoles que me hicieron sentir como en casa. Eso y una promesa de que mayo será mejor.

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