Lloré muchas veces por A., pero, por una u otra razón, nunca pude odiarlo. Lo intenté, lo reconozco, aunque todo esfuerzo fue inútil. No hablaré sobre todo lo que pasamos A. y yo, hablaré más bien de lo mucho que le echo de menos. Podría parecer contradictorio, pero hay personas que, sin importar si te hacen bien o mal, al final las quieres de tu lado.
¿Qué por qué lo extraño? Es muy sencillo, y no. De A. quisiera su ironía, su exageración y hostilidad, el humor negro y su sonrisa retorcida cuando piensa en algo perverso. Extraño que me enseñe buenas películas, que me explique por qué son importantes, que me ponga música mala. Pero tal vez lo que más me hace falta es que entre A. y yo nunca hubo antecedentes, ni contexto, ni preámbulos, no hubo sesgo, sólo fue.
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