Durante casi un año, fuimos inseparables. Fue mi confidente, amigo, apoyo, soporte, paño de lágrimas, compañero de comidas y caminatas, la persona que me cuidó cuando estaba perdida y una de las personas que mejor sabe hacerme reír. Algunas veces discutimos, porque entre su dominicano y mi mexicano no nos poníamos de acuerdo. Sin embargo, entre él y yo, las palabras valían menos que los sentimientos.
El flaquito me enseñó mucho más que todo Madrid junto, me recordó lo que es la humildad y la nobleza y me dio grandes lecciones de cómo sorprenderte ante cualquier cosa de la vida. A él le debo un millón de sonrisas, también le debo un millón de gracias por haber aparecido y hacer mi vida más feliz.
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