Corazón partío

Avatar de DEVA

El único amor del mundo del estrellato que he tenido se llama Alejandro Sanz. Lo conocí por primera vez en 1991, cuando se dio a conocer en México con su canción «Pisando fuerte». Realmente nunca entendí bien lo que decía, porque eso de articular no se le da muy bien, y menos si lo hace pujando, como cuando canta en madrileño.

Nunca tuve un disco suyo, pero siempre me mantuve fiel. Tampoco fui a ningún concierto, no tuve un solo póster con su imagen y, si me preguntan, no sé que era realmente de su carrera ni de su música, porque nunca tuve interés ni en su fama ni en su dinero. En síntesis, pues, mi amor era puro.
En 2008, la vida le dio un giro a mi relación. A mi cargo corría la cobertura del festival Rock in Rio, que se celebraría por primera vez en Madrid, y cuyo creador, Robert Medina, designó a Alejandro Sanz como uno de los padrinos del festival. Así que, de una u otra forma Ale y yo nos veríamos la cara.

Y así fue. Lo tuve a escaso metro y medio tratando de entender lo que decía, porque, aún me costaba trabajo descifrar su pronunciación. No quiso responder preguntas, no quiso que nadie se le acercara y ni siquiera permitió tomas que sus allegados no revisaran minuciosamente, que porque no iba muy bien vestido o algo así.

Horas después, llamé a mi mamá para notificarle mi situación: «Mamá, terminé con tu primer yerno, y él ni se inmutó. Sí mamá, tardé 17 años en desilusionarme, pero no te preocupes, que ahora me desilusiono mucho más rápido y mejor».

Deja un comentario