Querido A.:
Había leído a Paul Auster, pero nunca «La invención de la soledad». Estás en cada página, especialmente en «El libro de la memoria», empezando por el protagonista, cuyo nombre es igual al tuyo: «A.». Lo leo y te leo como si estuvieras aquí. La forma en la que siente, expresa y relaciona las cosas, eres tú, es como si te hubiera reencontrado en las letras, escritas en el año en que tú naciste. Nuevamente las coincidencias. Se me ha revuelto el estómago en varias ocasiones, en otras me ha invadido la nostalgia, sobre todo cuando el personaje se ilusiona o desilusiona. Tú eres así, siempre con los sentimientos al extremo. Al narrador le gusta obviar los paralelismos, y yo he encontrado uno propio: Casualmente terminé el libro junto con el año, la época en la que más me vienes a la cabeza. Intentaré llamarte en Nochevieja, como en las últimas dos, aunque, esta vez, no sea como en un cuento de Murakami.
Siempre,
D.
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