Como el marmol

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Patricia Duarte reproduce en su teléfono las risas grabadas de su hijo. Las carcajadas explosivas de un niño de tres años siempre me contagian, salvo en esta ocasión. Mis ojos se nublan, me cambia el semblante y se me forma un nudo en la garganta, porque a este niño, como a otros 48 que murieron en el incendio de la guardería ABC, nadie volverá a escucharlo.

El dolor de haber perdido a su hijo no la ha debilitado, al contrario. Lo mismo sucede con Abraham Fraijo, otro de los padres que vio morir su hija en la tragedia de Hermosillo, Sonora. «Lo bueno es que nos hizo despertar del letargo, de la indiferencia», dice la mujer. «Eso es lo que pedimos, que la gente no sea indiferente, porque de las autoridades ya lo esperamos, ya lo sabemos, pero no de los ciudadanos», complementa el hombre.

A diferencia de siempre, yo no hablo. Sólo quiero escuchar, aprender, absorber esa fuerza que a ellos los ha motivado a no rendirse, a alzar la voz y exigir justicia. Nada les va a regresar a sus hijos, pero saben que pueden evitar que los de otros mueran. Ora una movilización, ora un discurso, ora un juicio, ora un rezo, ellos se mantendrán firmes.

Es hora de que se marchen a otra trinchera. Ambos padres se despiden y yo quisiera abrazarlos porque no tengo palabras de consuelo para ellos. Me dan un revés. Me abrazan fraternalmente, como cuando lo haces con un amigo al que no sabes decirle cuánto lo aprecias. Les doy las gracias por no rendirse y por ser un ejemplo y los miro partir.

Estos hombres y mujeres, a los que les quitaron un pedazo de vida, han sabido agarrarse del recuerdo para conseguir fuerzas, para no perder la fe, para convertirse en seres de una sola pieza.

2 respuestas

  1. Anónimo

    Siempre un placer leer estas cosas.

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  2. Anónimo

    Duele.

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