Casi todas las personas a mi alrededor tienen ganas de cuidarme. Supongo que la gente me ve muy pequeña y sabe que soy un poco torpe y ciega como topo, así que despierto su instinto protector. No soy una persona débil, aclaro, pero acepto que mi apariencia es un poco frágil.
A propósito de eso, hablé con Gabriel y, con toda la autoridad que tiene sobre mí, me prohibió ser usuaria de taxis (con lo bien que me llevo con los choferes); Lalo siempre dijo que le deban ganas de abrazarme y cuidarme; todo mundo me regaña por caminar sola por las calles, por usar transporte público, por dejar abierta mi bolsa… bla, bla, bla. Y pues eso, que la preocupación de la gente siempre fue expresada sólo por consejos y palabras, hasta hace unos días.
Como no dejaré de usar el transporte público, ni de caminar sola por las calles, y como estoy convencida de que la vida sigue pese a la inseguridad, Claudio tomó cartas en el asunto. No trató de convencerme de ser más precavida, sino que me dio un arma: un bote de gas pimienta para defensa personal. Resultó que el barbón ese salió más listillo que todo el mundo y ahora me siento poderosa como un G.I. Joe.

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