Lección III: De ser humildes

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La humildad es una virtud poco practicada. Su base es la honestidad con uno mismo, el reconocimiento de las propias debilidades, pues. En un mundo en el que todos quieren sobresalir, en un sistema en el que competir es la base de la subsistencia, la gente humilde escasea. En las relaciones pasa lo mismo. Constantemente, las parejas se convierten en subsistemas viciados, en donde la lucha de poder predomina y nadie quiere ceder, pues, hacerlo, significaría debilidad. Pero ser humilde está muy lejos de ser débil, pues requiere de inteligencia, sensatez y carácter. Una persona débil, en cambio, no se da cuenta de sus errores y, si lo hiciera, sería incapaz de remediarlos.
La humildad supone arriesgarse y exponerse, por eso poca gente la practica. Nadie quiere dejar su zona de comfort, es más fácil ser orgulloso. Si la gente viera lo ridícula que se ve con esas poses, tal vez empezaría por cambiar, sólo que, en estos casos, la soberbia se convierte en una gran aliada, y la estupidez reina. Si las personas se preocuparan más por ser felices que por intentar parecerlo, se darían cuenta que ser humilde ennoblece y no entorpece. Entonces, pedir perdón y perdonar serían lugares comunes de fácil acceso.

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