¡Hola calabaza!

Avatar de DEVA

John fue la primera persona en llamarme Eugenia. El resto de la gente, siempre me conoció por mi primer nombre. «Eugeniaaaaa», decía, en su afán de hacerme repelear. Pero ahí estaba yo, todas las tardes, sentada en las bancas de los jardines de la escuela, provocándolo para que me hiciera caso y me hiciera refunfuñar. A ambos nos gustaba caer en el juego. Así nos fuimos queriendo, así aprendimos a hacernos reír.
Con el tiempo, se convirtió en una voz con autoridad. «Eugenia, estás muy flaca, come más»; «Eugenia, ya no bailes tanto, vas a desaparecer»; «Eugenia, ignóralo, está loco»; «Eugenia, no seas tan buena»; «Eugenia, no estés triste, me partes el corazón»; «Eugenia…». A cada frase, siempre contesté con un «tienes razón» o un «te lo prometo», es el tipo de respuesta que debes darle a quien está de tu lado.
Después, lo natural. Cada uno tomó su camino, pero nunca nos olvidamos de estar, siempre apareciendo en el momento justo; no antes, no después. Como hace algunas semanas, cuando recibí un mensaje suyo. Le dije que estaba mal y el se apareció. No hizo falta que se lo pidiera, tampoco pidió explicaciones.
Estuvimos sentados unas cuatro horas, posiblemente los 240 minutos más aleccionadores que he tenido. Me escuchó sin prisa y me habló con calma, como un amigo, como un guía, como un hombro. Me reveló, además, algunos secretos de mago, como muestra de su grandeza, algo muy común en él. También me recordó cosas de mí que había olvidado, como el que Eugenia, mi nombre, me sabe más y mejor porque él fue quien me enseñó a escucharlo.

Un comentario

  1. Anónimo

    ¿Quién es la niña guapa que te abraza en la foto?

    Me gusta

Deja un comentario