El Capitán

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Verlo me paralizaba. Saber que estaba cerca de mí, me petrificaba como en los sueños en los que quieres escapar o gritar, pero nada en tu cuerpo responde. Era el mismo pánico que sentía cuando, los sábados por las mañanas, escuchaba gritar al señor del gas. Lo llamaba «El Capitán».
Alto y delgado, siempre vestido con harapos, un parche en el ojo derecho, la barba blanca, escaso cabello y un bastón de metal en la mano izquierda bastaban para que surgieran las historias más terribles en mi cabeza. Para mí, habría sido el pirata más salvaje de todos los tiempos, el más temible y el más sangriento, y lo peor, el bandido real más cercano a mí.

Merodeaba siempre por mi casa. Varias veces tuve que cruzarme la calle, otras, esconderme entre los puestos del mercado para escapar de su mirada y evitar ser objeto de sus fechorías. Cuando no pude huir y su presencia era latente, me quedaba inmóvil, agachaba la cabeza, cerraba los ojos y aguantaba la respiración. Quería ser invisible.

Inesperadamente, mi pesadilla desapareció. Pensé, entonces, que en su última batalla no habría salido triunfante, que viviría en alguna celda recluido o que habría escapado a algún lugar nuevo, en donde nadie conocía su identidad, en donde podía ser nuevamente un cruel villano. Me sentí aliviada; al menos, ya no sembraría su terror en mis territorios.

Muchos años después, «El Capitán» regresó. Lo vi sentado en una banca de la iglesia, rezando, con una concentración que en pocas personas he visto. Al terminar, se puso de pie y comenzó su lento andar. Le pesaban los años que tenía encima, sus dientes eran escasos y parecía estar buscando algo en el suelo. Ya no imponía terror; mi cuerpo tampoco se quedó estático.

En un impulso, lo enfrenté. Esperé que pasara junto a mí y cuando finalmente lo tuve de frente, me miró fijamente como en los viejos tiempos. Decidí sonreir y respondió con un gesto noble. Me llenó de nostaligia. Ambos lo entendimos: mi verdugo y yo habíamos pactado una tregua.

2 respuestas

  1. Anónimo

    Menos mal. El pobre señor sólo quería ser tu amigo!

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  2. Anónimo

    Hola hola, me da gusto saber de ti, también. Londres a todo dar, me encanta, y empieza ya la primavera, así que promete ponerse aún mejor. Date una vuelta por acá. Un abrazoE

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