Viernes, 18:00 hrs. Vibra el celular y leo «Abuelo» en la pantalla. Pese al caos informativo, decido contestar; ésta no me la puedo perder. «¡Nieeeetooo!», escucho del otro lado del teléfono, seguido de una risa explosiva. Me hace sonreír. «¿Cómo estás nieto, estás feliz, estás bien?», pregunta. «Sí, todo en orden, estoy contenta, tranquila», respondo. «¡Qué gusto me da! Sólo hablaba para saludarte, para decirte que te amo. Háblame cuando puedas». Acto seguido, colgamos. Empiezo a cantar y mover la cabeza (la, la, la…). La llamada duró menos de un minuto, pero a mí me ha dado energía como para una semana más. A eso le llamo efecto abuelo.
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