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Recorrí El Chopo. Me parece que ha perdido un poco de su encanto. Desde que lo encontré con José Agustín, siempre me pareció el punto neurálgico en donde las tribus convivían sin repele alguno. Ahí se respiraba la búsqueda de una identidad cultural, de la contra o de la sub, pero cultural al fin y al cabo. ¡Cómo me gustaba caminar y escuchar la música que la radio jamás transmitía! ¡Cómo me gustaba encontrar artículos irreverentes! ¡Cómo me gustaba mirar a los diferentes grupos sociales conviviendo en la misma zona! Pero hoy que regresé a las calles de Buenavista sé que algo murió. Diez años antes, hubiera querido pasar más tiempo ahí, pero esta vez tuve prisa por escapar. No hallé esa vibra explosiva, ni la música, ni a representantes de las tribus urbanas. Sólo vi darketos y uno que otro rastafari, nada más. Tampoco respiré el eclecticismo que antes me mareaba. La mercancía ofertada parecía sellada con el efecto «Made in China». El mercado, en contraste, lucía más pequeño. Supe después que uno de los legendarios vendedores de discos tuvo que dejar el lugar por las grillas de los locatarios. Como él, otros huyeron. Me lamenté. Se salvó la visita por la compañía, un sombrero gris y un anillo de calaca, pero me quedó un sabor a nostalgia y el reclamo de una manta en la que se leía: «¡Rescatemos El Chopo!».

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