Terminé de leer «Nocilla Dream» en Minneapolis, días antes de viajar a Reno. Me resultó curioso, acaso un poco absurdo, la manera de Agustín Fernández Mallo de retratar el desierto de Nevada: la exageración de la nada, la monotonía del lugar interrumpida por un par de bolas de periódico o por algunos seres accidentales que se topan con un árbol con zapatos. Reflexioné, entonces, sobre la posmodernidad de la que tanto se ha servido el escritor, de la que todos sus personajes se atragantan buscando respuestas, generando más preguntas. La hipérbole, pensé, es encantadora…
… O no, porque Fernández Mallo no exageró cuando describió un lugar olvidado y en medio de la nada, porque me parecieron reales sus personajes cuando, caminando por Carson City, no vi más que seres fantasmales insertados en la rutina; porque cientos de hoteles y comercios lucían abandonados; porque el polvo me nubló la vista en varias ocasiones, porque me sentí perdida y porque también olvidé mis zapatos.
Tal vez la única diferencia es que, en esta ocasión, no vi bolas de periódicos rompiendo la monotonía del desierto, aunque sí hubo periodistas que intentaron sobrevivir al olvido, y lo lograron, porque los chicos que yo conocí, que durante tres semanas se convirtieron en mi sombra, están cambiando el rumbo de sus países, aunque ellos aún no lo saben.

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