El gruñón de oro

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Era el otoño de 2007. Habían pasado casi cinco años desde la última vez que nos vimos, y, a decir verdad, nunca fuimos grandes amigos. Tal vez, el hecho de encontrarnos lejos de casa nos unió, aunque me gusta pensar que fueron las risas, las confidencias y las coincidencias lo que verdaderamente nos estrechó. No hubo grandes introducciones ni especulaciones, tampoco hubo necesidad de explicar o justificar algo. Así, sin más, sin ningún interventor, durante un año, recorrimos juntos las calles de Madrid, nos quejamos, nos burlamos, nos inconformamos, nos confesamos y, lo más importante, nos aceptamos pese a nuestras esencias opuestas.

Gran deportista, tenaz para alcanzar sus objetivos y necio a la hora de razonar, mi gruñón se ganó a pulso el apodo, pues, para él, cualquier oportunidad es buena para alegar o inconformarse. Amante de la buena comida, preocupón y sensible, simple para reír pero exigente y perfeccionista en todo lo que hace, leal y noble, brusco y cariñoso, Rezc se niega a aceptar que es adorable, y aunque va de tipo duro, tiene el corazón más blando que una almohada.

A él le debo mi gusto por las Vespa y no haberme sentido lejos de casa en un país de extraños. También el que me enseñara a disfrutar del silencio y que me diera a probar los mejores helados de Madrid. Y, sin saberlo, le debo la lección más importante de aquel año, estar, cuidar y apreciar sólo a quien realmente valga la pena, nadie más y nadie menos.

Muchas cosas han cambiado desde aquel septiembre en que nos reencontramos. Yo dejé España, él, cambió de trabajo y se hizo papá. Ya no paseamos por las calles y rara vez nos reímos a carcajadas. Sin embargo, permanece intacto el vínculo más fuerte entre nosotros: el de querernos sin importar el mar que nos separa.


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