Gran deportista, tenaz para alcanzar sus objetivos y necio a la hora de razonar, mi gruñón se ganó a pulso el apodo, pues, para él, cualquier oportunidad es buena para alegar o inconformarse. Amante de la buena comida, preocupón y sensible, simple para reír pero exigente y perfeccionista en todo lo que hace, leal y noble, brusco y cariñoso, Rezc se niega a aceptar que es adorable, y aunque va de tipo duro, tiene el corazón más blando que una almohada.
A él le debo mi gusto por las Vespa y no haberme sentido lejos de casa en un país de extraños. También el que me enseñara a disfrutar del silencio y que me diera a probar los mejores helados de Madrid. Y, sin saberlo, le debo la lección más importante de aquel año, estar, cuidar y apreciar sólo a quien realmente valga la pena, nadie más y nadie menos.
Muchas cosas han cambiado desde aquel septiembre en que nos reencontramos. Yo dejé España, él, cambió de trabajo y se hizo papá. Ya no paseamos por las calles y rara vez nos reímos a carcajadas. Sin embargo, permanece intacto el vínculo más fuerte entre nosotros: el de querernos sin importar el mar que nos separa.
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