Al llegar a su habitación, la 805 del Hotel Beacon, en Nueva York, Evelyn halló una orquídea y una carta sin remitente. Creyó que era de Emmanuel, con quien había discutido un día antes de partir y quien probablemente se habría dado cuenta de lo injusto que había sido con sus reproches.
Si lees estas letras es porque habrás huido al lugar al que solíamos escapar para reencontrarnos. Te escribo con la desesperación de un idiota. Sé que mi estúpido orgullo y mi vanidad nos llevaron hoy a donde estamos. Demandé tanto tu admiración y adulación, que me volví celoso de aquello que te hacía feliz, que te quise cortar las alas y sólo terminaste por volar.
Elle, perdóname. No tengo otra palabra que muestre mejor mi arrepentimiento. No quiero justificarme, ni quiero darte una explicación que intente convencerte. No hay más que eso, un perdón sincero, el que siempre esperaste escuchar, pero siempre fui incapaz de decir.
¿Cuánto es el daño que puede hacerse en nombre del amor? Sé que no debí atacarte, ni desquitar mis complejos contigo, sé que pagaste siempre las culpas por alguien que, en el pasado, me hirió. Hoy que no estás, por fin comprendí lo que tú siempre supiste, que herir, atacar y oprimir no es amor; que amar es ser libre; que el amor no sabe de guerras ni le importa ganar; que me sobró soberbia y me faltó humildad.
Mi amor, sé que no estoy en condiciones de pedirte nada. Sé que rompí muchos sueños y promesas, tantas que, incluso yo, dejé de creer en mí. Fui ingrato, te humillé y te herí en lo más profundo. Merezco todo el tormento que estoy viviendo, toda la culpa de saber que lastimé a la única mujer que realmente me amó.
Sé que me equivoqué. Espero que no sea demasiado tarde,
Tuyo hasta la muerte,
Esteban
Cuando terminó de leer, Evelyn sintió un terrible dolor en el pecho, no porque las palabras no fueran para ella, sino porque descubrió que la historia de Elle y Esteban estaba a punto de repetirse.
Deja un comentario