Pedicure para el alma

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A Esther, mi manicurista, la consagré cuando me libró de una infección en el pie izquierdo. Tendrá unos 60 años, pero su energía es como de 20. Es culta, es una persona positiva, siempre está atenta a todo y parece saber leer el alma de las personas. La última vez que la visité, habrá percibido mi nostalgia, porque, de la nada, me obligó a leer dos páginas de un libro, cuyo nombre no recuerdo.

El texto era de un hijo que sufría por que su mamá, que era una mujer preciosa e inteligente, se había vuelto a casar poco después de haber enviudado. Un día, el niño escuchó a dos de sus tías criticar a su madre, a quien tacharon de cínica, ligera e irresponsable. Otro de sus tíos se dio cuenta de lo que había pasado y se acercó a su sobrino. El niño, llorando, le dijo que, aunque le doliera, sus tías tenían razón, pues su madre se había olvidado de él, cuando encontró otro hombre. El tío comprendió el sentimiento del pequeño, pero defendió a la mujer: «Tu madre es una mujer muy hermosa y es muy especial, tanto, que sería un pecado que se reservara del resto del mundo. Ahora no la comprendes, pero algún día entenderás que la gente excepcional hace cosas excepcionales, cosas que la gente de a pie es incapaz de comprender».

Cuando le regresé el libro a Esther, sonrió y me miró a los ojos. «¿Entendió, verdad?», me preguntó, a lo que respondí con un dudoso sí. «Entonces, no se aflija. Usted es bonita por fuera y por dentro. Quédese sólo con la gente que la quiera bien, sin celos, y aléjese de la envidia. Cuando lo haga, me cuenta cómo le fue.»


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