Cuando terminó con Marianne, pensó que, como otras tantas veces, ella lo buscaría para arreglar las cosas. Lo cierto es que él no quería acabar la relación, y cediendo lo sabía, pero se había convertido en su habitual forma de presionarla para que ella terminara sediendo, para demostrar que él había ganado la batalla. Lo que él no comprendió jamás fue que Marianne lo buscaba porque lo quería, no porque él tuviera razón.
Conforme pasaron los días, Manuel entró en un dilema moral. Por un lado, sabía que había actuado por capricho, pero pensaba que, si la buscaba, se convertiría en un hombre débil, sin carácter, algo que siempre repugnó. Entonces optó por culparla, por decirle a todo el mundo que ella no lo hacía sentir especial, que no lo amaba, que no lo deseaba. Lo dijo tantas veces que, incluso, llegó a pensar que era cierto, pero los destellos de la memoria siempre terminaron por desmentirlo.
Manuel intentó olvidarla, desaparecer su rastro y seguir con su vida como si ella jamás hubiera existido, pero pronto se dio cuenta que sería imposible. De vez en cuando escuchaba hablar de ella, otras veces, formulaba preguntas discretas para saber ella aparentando no querer saber. Inició varias relaciones, pero el fantasma de Marianne terminaba por aparecer. ¡Cómo y cuánto la extrañaba, cómo la odiaba, cómo la amaba! La amaba, sí, tanto, que también la culpó de que sus relaciones fracasaran.
Un día, Manuel y Marianne se encontraron. La descubrió más bonita de lo que recordaba. Pensó en abrazarla y decirle que la necesitaba, que la quería en su vida para siempre. Había imaginado tantas veces ese momento en su cabeza, que por un momento creyó que el guión se desarrollaría conforme a lo planeado. Pero, cuando se decidió a hacerlo, Marianne habló: «Me voy mañana a Buenos Aires a vivir. Deséame suerte, visítame algún día». Supo, al fin, que la había perdido para siempre. Se maldijo.
II: La versión de Marianne
El día del último desplante de Manuel, Marianne iría a cenar con una amiga. Él se cabreó, así que, tras decirle que estaba cansado de ella, de sus amigos, de su trabajo, de su altruismo, de su poca dependencia hacia él, colgó el teléfono. Era la tercera vez en una semana que le reprochaba algo. Un día antes, ella le había preparado una cena, pero él, que tenía otros planes, minimizó la sorpresa y la acusó de no ser lo suficientemente mujer para comprenderlo. Fue la última vez que lloró por él.
A diferencia de Manuel, le faltaba orgullo y le sobraba lealtad, pero en aquella ocasión, decidió no buscarlo. Consideraba que él había abusado de los gritos, que ya habían sido varias las veces en las que él le había faltado al respeto por su desconfianza, sus celos o sus miedos, así que aguardó a que entrara en razón. Nunca nadie le había quitado la esperanza en la humanidad, así que confiaba en que el amor terminaría por triunfar.
Pese al transcurso del tiempo, Marianne se negaba a iniciar una nueva relación. Estaba en paz, pero tenía miedo de olvidarlo, de no recordar su cara, su olor, su risa. Se refugió en sus amigos y en su familia, en sus actividades cotidianas y en la idea de que, algún día, él volvería más maduro, más sensato, más seguro, más libre. Cuando le ofrecieron el trabajo en Buenos Aires, sólo pudo pensar en Manuel.
El día previo a su gran viaje, Marianne y Manuel se encontraron. Tuvo la sensación de que la miraba con más ternura que nunca. Creyó, por un momento, que le diría que la amaba, así que imaginó que renunciaría a Buenos Aires y se quedaría a su lado. Pero él, prácticamente no habló, así que, con una sonrisa triste, le anunció que se iría a vivir fuera del país. Al marcharse, Marianne comprendió que no lo había perdido, pues en realidad jamás le perteneció. Deseó que fuera feliz.

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