Cuando el viejo lo encontró, el niño del asteroide paseaba, desanimado, entre las cicatrices de la luna. Había perdido su sonrisa, en una especie de aventura a la que se lanzó sin cinturón de seguridad. El viejo, que en sus arrugas cargaba sabiduría y en sus canas, paz, se sentó en un cráter y paciente esperó a que el muchacho quisiera hablar. «Por perseguir una estrella fugaz, caí en un hoyo negro», dijo con rabia. «¿Y por qué perseguías una estrella fugaz?», cuestionó el anciano. «Porque quería atraparla para iluminar mi asteroide», respondió. «Las estrellas fugaces no pueden ser atrapadas, porque su magia reside en eso. Si las atraparas, nadie más podría verla». El viejo sacó de su bolso una estrella pequeña y luminosa, la hizo un prendedor y se la colgó al niño cerca del corazón. Cuando volvió a sonreír, el hombre agregó: «Hay cientos de estrellas que aguardan a que las quieras cuidar, sólo tienes que esperar a que su brillo te ilumine».

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