El aprendiz

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Empezó jugando futbol, pero desistió al tercer partido, tras alegar que era muy torpe para el toque fino. Siguió con el basket, el tennis y el padel, pero nunca pasaba del quinto encuentro. Luego centró su atención en la música, con clases de guitarra, pero se quejó de no tener las manos para eso, siguió con el bajo, saxofón y batería, incluso, probó con la armónica. Para cada cosa que iniciaba, se armaba con el mejor equipo, para asegurar la calidad de la práctica, pero cosa que compraba, cosa que terminaba por arrumbar. Nunca nada lo satisfizo. Un psicólogo le diagnosticó atiquifobia, miedo al fracaso, e hipengiofobia, miedo a la responsabilidad, cuadros que había desarrollado por aversión a una de sus figuras familiares más cercanas. Sus padres ignoraron al médico, a quien calificaron de imbécil. Al crecer, le sucedió lo mismo en los distintos trabajos, sólo que, esta vez, achacaba sus fracasos a los empleadores. Sus relaciones sentimentales tampoco fueron la excepción. Mujer que conocía, mujer a la que terminaba encontrándole algún defecto insoportable, como ojos muy grandes o demasiado chicos, muy alta o muy delgada, sin buen gusto musical…

El día que la conoció, pensó haber encontrado todo lo que había esperado. Era justa, perfecta para él y deseó que se quedara en su vida. Pero los miedos que uno arrastra no se desvanecen con las ganas. Hace falta combatirlos, enfrentarlos, mutilarlos. Así que desistió, como ocurría con todo lo que sus manos tocaban, no porque no la amara, sino porque sus demonios lo traicionaron. La echó de su vida, despreciando todo lo que ella era, que en realidad era todo lo que le gustaba. Ese fue el escudo que utilizó la vez que huyó de ser feliz. El aprendiz jamás pudo deshacerse de su recuerdo y de lo único que nunca se cansó fue de arrepentirse de no haberla sabido querer.


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