
Quise contarte un secreto, así que te visité en la noche. Trepé por tu cama y me encontré con tus pies. Te mordí el dedo gordo y sacudiste la pierna. Me hubiera gustado que despertaras, que me hablaras, pero Morfeo se interpuso entre nosotros. Caminé y caminé hasta encontrarme con tu barriga. Ahí estaba tu ombligo. Me hizo gracia mirarlo y di un salto dentro él. Tú sólo gruñiste. Después seguí por tu abdomen y tu pecho, subí a tu cuello y me colgué de tu oreja. Entonces te conté lo que hace mucho quería decirte. Sonreíste dormido. Antes de irme pasé por tus ojos. Te habrá dado comezón, porque los tallaste con una fuerza que casi me aplastas, pero alcancé a esquivar tus manos refugiándome en tu nariz. Te besé en la boca y te canté una canción, muy cerquita de la comisura de los labios. Me dijiste, dormido, que aún me extrañabas. Luego, me desvanecí. Aunque sé que debí guardar mi travesura, ahora ya sabes por qué sigues soñando conmigo. Ahora también ya sabes que sí, que te sigo adorando.
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