Doña Pala

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Alguna vez escuché a mi mamá decir que no soportaba que mi hermano y yo peleáramos. No lo hacíamos muy seguido, en realidad casi nunca peleábamos, pero, cuando lo hacíamos, mi bruja madre solía amenazarnos con Doña Pala. Doña Pala era, en síntesis, una condenada cuchara de madera para cocinar. No tenía mucha complejidad como instrumento de tortura, pero su simple mención nos suavizaba el carácter ipso facto. Estos dulces momentos solían darse casi siempre durante la comida, la única hora del día en que la dictadora tenía control total sobre nosotros. «Bájenle o les traigo a Doña Pala»; «Ahí viene Doña Pala»; «Síganle y saco a Doña Pala», sentenciaba la momia, y Tipi y yo nos petrificábamos y terminábamos los sagrados alimentos mirando al plato y sin chistar. Habrá sido el poder de Doña Pala, a quien, por cierto, sólo vimos pero jamás conocimos de cerquita, pero, hasta el momento, no recuerdo ninguna pelea con mi hermano que nos alejara. Al contrario, al verdugo le salió peor, porque, ahora, mi hermano y yo complotamos juntos hasta contra su más temible arma.

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