La mejor sopa de fideo

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Toda mi vida he sido objeto de burla. Antes de que Tipi gustara de humillarme, estuvo Chelito, quien, en la década de 1990, hizo de mí un blanco fácil de sus fechorías. A mis 10 años, por ejemplo, quiso quitarme la sopa. Estábamos mi hermano, mi entonces amiga Daniela Valladares, mi abuela y yo sentados en la mesa, listos para ingerir los sagrados alimentos. Supongo que mi abuela creyó que mi plato tenía más que el suyo, porque se empeñó en arrebatármelo. Como no la dejé, se levantó enojada de la mesa, no sin antes hacer un astuto y ágil movimiento que culminó con el plato de sopa sobre mi cabeza, sí, sobre mi cabeza, en donde aún puedo sentir cómo se mofan de mí los fideos.

En otra ocasión, en que yo estaba enferma y no podía bañarme, mi abuela hizo de las suyas. Comía con mi familia cuando Consuelo se acercó por la retaguardia. Se inclinó dulcemente y, cuando todos pensaban que me daría un beso en la cabeza, me escupió un pedazo de hamburguesa.

No fui la única víctima de la tiranía de mi abuela, quien, por cierto, en sus últimos tiempos sólo gustaba de tomar tequila. Todos los que vivimos bajo su régimen influenciado por el Alzheimer padecimos el poderío de su maquinaria, con decir que hasta al árbol de Navidad le tocó cuando, en lugar de esferas, mi abuela colgó sus calzones. Mi hermano, por ejemplo, estuvo a punto de morir en repetidas ocasiones con un innovador método que Consuelito inventó y que consistía, básicamente, en que ella se sentara en la cabeza de Tipi mientras él dormía. Nacho también se vio afectado un día que la abuela se puso sexy y apareció encuerada en la sala de la casa, frente a su ex jefe y su mejor amigo. Y ni qué decir de mi mamá, quien ya tiene ganado el cielo de tantas que aguantó.

Han pasado exactamente 15 años desde que mi abuela murió. Supongo que desarrollé una especie de síndrome de Estocolmo, porque su recuerdo, lejos de pesarme, me hace feliz. Me gusta pensar que, si existe el paraíso, ahí es donde ella está, gozando de vernos reír hoy con la memoria de sus «cheloaventuras«.


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