La última vez que sucedió fue un sábado por la mañana, un día poco inusual para terminar una relación, porque normalmente se terminan los domingos, para empezar una vida nueva el lunes, o en todo caso en viernes, para poder llorar todo el fin de semana. Pero aquel día fue sábado. Habían hecho el amor y ella estaba feliz, tan feliz como puede ser quien se siente deseado por su pareja. La bomba cayó después del desayuno, cuando él le anunció que había cosas que tenía que resolver, que tenía dudas, que de lo único que estaba seguro era de necesitar un tiempo en solitario. Fue la primera de todas las rupturas en la que ella no lloró, porque sintió asco, repulsión de saberse utilizada, sucia. Fue tal la humillación que, en un impulso de dignidad, fue ella quien empacó y se marchó para no volver jamás. En su autoengaño, él cree que volverá, lo hace porque la inacción le resulta cómoda, pues es mucho más fácil que admitir que la ha perdido para siempre.
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