El triunfo del ego

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Siempre estuvo seguro de ella, por eso, como suele pasar en los casos en los que la egolatría predomina, cada que quería la dejaba. Cuando se cansaba de estar solo, regresaba a ella. Las últimas veces que lo hizo, ni siquiera mostró arrepentimiento por los meses de ausencia, simplemente volvía como si la noche anterior le hubiera deseado las buenas noches. Ella nunca reprochó nada, como también pasa cuando el amor propio está hecho trizas, pues temía que, si lo hacía, él terminaría por culparla, por cansarse, por huir definitivamente, así que prefería callar, aunque cuando lo hacía no se sintiera bien. Así fue durante mucho tiempo su relación de codependencia, por decirlo de la forma más sutil posible.

La última vez que sucedió fue un sábado por la mañana, un día poco inusual para terminar una relación, porque normalmente se terminan los domingos, para empezar una vida nueva el lunes, o en todo caso en viernes, para poder llorar todo el fin de semana. Pero aquel día fue sábado. Habían hecho el amor y ella estaba feliz, tan feliz como puede ser quien se siente deseado por su pareja. La bomba cayó después del desayuno, cuando él le anunció que había cosas que tenía que resolver, que tenía dudas, que de lo único que estaba seguro era de necesitar un tiempo en solitario. Fue la primera de todas las rupturas en la que ella no lloró, porque sintió asco, repulsión de saberse utilizada, sucia. Fue tal la humillación que, en un impulso de dignidad, fue ella quien empacó y se marchó para no volver jamás. En su autoengaño, él cree que volverá, lo hace porque la inacción le resulta cómoda, pues es mucho más fácil que admitir que la ha perdido para siempre.


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