Cosas de roedores

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La peor crisis emocional que he vivido ocurrió un sábado de febrero de 2008. Estaba mal, no dejaba de llorar y el mundo que yo había construido con sueños y esperanzas parecía desplomarse. Quería huir y desaparecer, así que busqué refugio en AA, quien, sabía, desearía mi bien. No pidió explicaciones ni insistió en saber qué me tenía tan afectada. Se dedicó a cuidarme, a darme de comer, a ponerme películas para distraerme. Después me compró un amuleto y aseguró que todo estaría mejor. Aún le estoy agradecida.

AA entró de golpe en mi vida, en uno de esos aceleres que son tan característicos de su personalidad. No lo esperaba, pero ahí estaba, con su sonrisota y sus dientes de conejo, esperando por mí en la cafetería de la universidad. Hicimos migas desde el primer minuto e iniciamos una relación que, aunque accidentada, cinco años después aún conservamos. Lo que hay entre los dos es cariño del bueno, lo que explica por qué, pese a tener personalidades tan distintas, nos mantenemos pendientes el uno del otro, tanto que es la primera persona en saber, con sus poderes telepáticos, que algo anda mal cuando las cosas no están bien.

Hace un par de semanas, AA se fue a vivir lejos de la Ciudad de México, a tener, como se merece, una mejor y nueva vida. No nos despedimos, no porque faltara tiempo, sino porque yo no quise decirle adiós. Un día en que estaba nostálgico deseó que no me alejara de él, aunque pasaran los años, aunque me hiciera más grande. «Es una promesa de roedores», respondí con la seguridad de que cumpliría, como cuando él prometió cuidarme siempre.

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