Así es. A veces de subida y a veces de bajada. Unas veces con euforia y otras con el vértigo que provoca la espera y la incertidumbre. La cuesta cuesta, porque implica pensar, esperar, ser paciente, porque se generan ansias y expectativas, porque sabes que en algún momento alcanzarás la cima, porque no sabes qué habrá al caer. Luego llegas a la cúspide, un momento que dura poco y que quisieras que se prolongara siempre un poco más, porque te sientes estable, porque estás en calma, porque todo se ve mejor desde ahí, porque puedes respirar mejor, porque no quieres caer. Pero es inevitable, el desplome es parte de la trayectoria, entonces sientes que se te sale el corazón, que te falta el aire y quieres gritar, llorar, pedir auxilio, desgarrarte, reírte, porque es un bombardeo de emociones, porque no sabías que se sentiría así, porque no sabes cómo manejarlo, porque no sabes cuándo acabará. Y de nuevo la subida, la cúspide y la bajada, y regresan las sensaciones, con sus matices, porque a veces la subida dura menos que la bajada, y a veces es la bajada la que dura poco. Pero al final del juego, de las lágrimas, los gritos y haber vuelto el estómago, después del sufrimiento, las ansias, la espera y la descarga de energía, vuelves a formarte en la fila porque ha valido la pena, porque tienes ganas de volver a sentir.

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