Sabes que ella podría elegir a cualquiera, pero, por alguna razón que aún no logras entender, parece haberte escogido; te hace reír y se ríe de tus malas bromas, te escucha y se interesa por lo que haces, está dispuesta a apoyarte y a ayudarte a cumplir tus sueños, aprende de tu mundo, te quiere tal como eres y te quiere hacer feliz; además, te gusta, te gustan sus sonrisas y cómo te mira con atención, y su piel, te encanta cómo huele su piel, y cómo mueve las manos y cómo camina, y el millón de gestos diferentes que tiene, y te gustan sus silencios, y cómo se viste, y su cabello irreverente, y te gusta, como pocas cosas, que sea diferente y que no repare en ello; crees, entonces, que es perfecta para ti, y que en realidad podría ser perfecta para cualquiera, pero ahora lo es para ti, y te sientes afortunado, pero, en ese momento, en el que crees que puedes ser feliz, la comparas con aquello que tuviste, y te enojas porque lo que creías pasado sigue presente, y de verdad quisieras dejar todo atrás y cuando lo razonas no quisieras volver, pero es inevitable que a veces lo pienses; pero, cuando regresa la imagen de la mujer a la que sabes que no deberías dejar escapar, te das cuenta que no puedes, que te gustaría que hubiera llegado en otro momento, porque estás roto y lleno de fugas e imposibilitado para querer.
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