Despertó de un sobresalto, miró a la mujer que tenía al lado y abandonó de puntitas la cama. No quiso despertarla, prefirió estar solo, ser egoísta y pensar en ella, en la mujer que un día se esfumó. Desde el sillón rojo del estudio, sintió pena por él, por haber condenado su destino. Se arrepintió de permitir que su ego lo engañara; siempre pensó que tenía todas las respuestas, pero lo que entendió muy tarde es que no había comprendido las preguntas. No había mucho que hacer, diez años después, no había mucho que hacer, sólo esperar, como quien espera la llegada del Mesías salvador, y adorarla como quien adora a un Dios al que jamás se puede ver.
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