Ayer me tomé una pócima que me hizo ser más pequeñito de lo que soy, gracias a la cual me escapé de la prisión donde me tenías, para poderme refugiar en algún lugar donde estuviera mejor. Estuve recorriendo tu casita, buscando algún espacio donde te pudiera cuidar sin que me vieras, pero que de alguna forma supieras que estaba ahí.
Primero pensé en el armario, para poder estar envuelto de todo lo que tenga tu aroma y así, cada día, mientras estuvieras frente al armario dudando en cuál sería el atuendo del día, pudiera asomar mi nariz desde la bolsa de uno de tus abrigos, para, sigilosamente, sugerirte cómo me gustaría verte y poderte desear un buen día. Después me percaté, que tu cerrarías la puerta y no podría verte ni cuidarte hasta la siguiente mañana, cuando comenzarás de nuevo la rutina.
Así que continué con la loca búsqueda. Me fui moviendo entre la jungla de grandes árboles de alfombra hasta llegar a tu cómoda, al cajón de las sorpresas. Ahí me di cuenta que podría estar alimentado de alegría todos los días, que podría tocarte cada vez que tuvieras antojo de algo y buscaras satisfacerlo. Yo me camuflaría entre los dulces, como un niño se esconde en una gran alberca de pelotas, pero me descubrirías de inmediato, ya que mi gran nariz me delataría al sobresalir de todos los elementos.
Al darme cuenta que la segunda opción tampoco podría prosperar, salí y te vi dormida, toda quietecita y acurrucada por el frío de las primeras horas del día. Empecé a recorrer lentamente tu cuerpo. Inicié mi excursión por las gigantes espigas de trigo que hay en tu cabeza. Me enredé un poco, pero pude llegar finalmente al oído para decirte unas palabras en secreto, que sólo tu entenderías. Bajé por tu mejilla, jugué en mi huequito a la resbaladilla, te di un beso y seguí avanzando en búsqueda de un nuevo hogar. Fascinado encontré unas dunas de chispas de chocolate, jugué, di vueltas, hice angelitos y le di de mordiscos a más de una para seguir mi travesía. Caminé muchísimo hasta encontrar tu ombligo. Sorprendido por mi tamaño, me di cuenta que era la oportunidad perfecta, porque ahora si podría entrar a tu cuerpo a través de esa pequeña rendija.
Ingresé, estuve jugando con tus intestinos para intentar mejorar tu digestión, le pedí a tus riñones que siguieran haciendo un gran trabajo para que no te dolieran más y subí hasta un lugar que me cautivó como ninguno. Brillaba y, al verlo, me irradió una sensación de alegría que me llenó los ojos de lágrimas y mi piel se enchinó: era el corazón más grande que había visto en la vida. No esperé más y me adentré, todo estaba desordenado, era como si un gran ventarrón hubiera soplado y todo estuviera fuera de su lugar. Limpié un poco, pero, tras dar una vuelta por el lugar encontré un rincón muy acogedor donde todo estaba limpio y perfecto. Milagrosamente ese lugar no había sufrido percance alguno, y ahí, en una esquinita, me encontré con una pequeña niña, con un vestido de flores y una cabellera electrizante, quien estaba solita y aburrida y jugando con un lápiz en la mesa.
– «¿Qué haces?», pregunté
– «Nada, es que nadie me hace caso», respondió y me miró con sus ojos traviesos y una risa coqueta.
– «Nada, es que nadie me hace caso», respondió y me miró con sus ojos traviesos y una risa coqueta.
En ese momento decidí que era el lugar donde quería quedarme, en el rincón de tu corazón que no ha sufrido daño alguno.
(Mensaje anónimo recibido vía electrónica a las 13:26)

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