«Chinigas» dice que las cosas están peor de lo que dicen los medios. Dos amigos suyos ya fueron ejecutados, uno de ellos mutilado y «entambado«; las personas no quieren velar a sus muertos porque tienen miedo a que, por represalia, los narcos los rafagueen; el Semefo, saturado de cuerpos, intenta corromper a los deudos y les pide dinero extra para facilitar la entrega de los cadáveres; a él, los federales lo han encañonado en varias ocasiones, porque, según dicen, conducir una camioneta lo hace sospechoso; él y su novia no salen después de las 23:00 horas; su coche ha recibido balazos; su familia tuvo que mudarse a El Paso, Texas; sus vecinos fueron señalados como secuestradores y varios de sus conocidos han salido en la tele, acusados de ser una «célula importante del narco«. Lo peor, dice, es que de los indiciados ninguno se dedicaba al crimen organizado, pero de eso nadie habla en Juárez. «Pus nos quedamos callados, sólo decimos que está duro y cambiamos de tema, ya ni hablar se puede, porque te conviertes en cómplice o sospechoso», comenta.
También le sorprende cómo ha cambiado la dinámica de la ciudad fronteriza. Cuenta, por ejemplo, que, cuando los militares se instalan cerca de alguna maquila, la economía de la zona se reactiva. «Instalan sus campamentos y llegan los puestos ambulantes a vender agua, comida y otras cosas. Luego llegan jóvenes, principalmente muchachas, a platicar con los soldados, como si fuera una kermés«. Cree, además, que la presencia de la Policía Federal no le hace bien a la localidad, pues cuando los uniformados no están trabajando se dedican a «levantar» gente o a extorsionar a los trabajadores. Por eso, por la presión del narco y de los que deberían ser los responsables de defender a los ciudadanos, los negocios han quebrado y la gente se ha olvidado de reír.
Hoy, la sobrina de «Chinigas» cumple 4 años. Como muchos otros niños de aquella frontera, ha crecido sin su padre y con una mamá que ocupa gran parte del tiempo en trabajar para sacar adelante a su hija. Quisieran irse de Juárez, pero aún no han juntado suficiente dinero para hacerlo, aunque se aferran a la idea de dejar la ciudad que es víctima de la descomposición social, un pueblo en el que ya ni los muertos quieren asomarse.
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