Cuando éramos niños, Tipi y yo soñábamos con conocer Disneyland. Las historias y fotos de mis primos sólo terminaron por arraigar el deseo, así que, año con año, pedimos a mis papás que nos llevaran, cosa que jamás sucedió. Tiempo después, cada uno por su lado tuvo la oportunidad de conocer “el lugar más feliz de la Tierra”, pero ambos nos negamos, ora por nostálgicos, ora por cumplir la promesa de hacerlo juntos.
El anhelado día llegó dos décadas después. Dejamos de lado el frío, el sueño y nuestra vida de adultos y, por un día, decidimos ser niños otra vez. El primer juego fue el de Los Fantasmas del Caribe, donde estaban los personajes que tantas veces vimos en el álbum de Los Pipes. Luego llegó la Mansión Embrujada de Jack, el Splash Mountain, el de Indiana Jones Adventure, la Big Thunder Mountain Railroad y el Submarino de Nemo. Para cerrar con broche de oro, reservamos el Space Mountain.
Vi a Woody, quien me saludó cuando me escuchó gritar su nombre de emoción; conocimos a Blancanieves y mis siete hermanos desfilar por la calle principal, también a Mickey, Goofy, Donald y las ardillas, a Pinocchio, Gepetto y Pepe Grillo, a la Bella y la Bestia y al resto de las princesas; bautizamos un nuevo olor; nos acordamos de Nacho en cada uno de los aparadores; nos probamos todos los sombreros de las tiendas; nos reímos hasta que nos dolió el estómago con el sillón de la tía Meche; atestiguamos los mejores fuegos artificiales de nuestras vidas y también vimos “nevar”.
Fue un 24 de diciembre perfecto. Tipi bautizó el día como la mejor Navidad de nuestra historia, yo le di la razón. Para mí, además, fueron las 12 horas que salvaron el 2010, las 12 horas por las que valió la pena esperar 20 años.
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