– La gente no es perfecta como tú. – Yo tampoco lo soy. – Sí, no te equivocas, y, aunque lo hicieras, le pones tanto empeño a las cosas que es imposible reprocharte algo. A veces odio que seas perfecta, odio no poder reclamarte algo, odio esa presión de saber que tengo que hacer todo bien para estar a tu altura, pero yo no puedo, yo no soy robot. – ¿Y yo sí? – No, pero eres de una sola pieza, no te rompes nunca, con eso de que siempre sigues tus reglas y principios, es imposible hacerte flaquear. Tienes una claridad absoluta de las cosas, una claridad que a mí me abruma, y lo peor de todo es que, aunque me empeño en nunca darte la razón, siempre la tienes. Te confieso que he intentado hacerte berrinches para sentir que tengo algún control sobre ti, pero ni eso me funciona. – Tienes todo el poder sobre mí, sólo que no me gustan los jueguitos y manipulaciones. – Ya sé, ya sé, pero, ¿no podrías alguna vez hacerme algún drama, celarme, algún desplante, algo, para saber que no soy el único que se equivoca? – ¿Y si mejor te doy un beso? Puede que así veas que sí soy humana. – ¿Ves? Justo lo que te digo, la respuesta correcta y al final me siento más idiota de cuando empecé.

Deja un comentario