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Siempre dijiste que no querías una relación, que no creías en las parejas ni en el romance, que era mejor estar solo porque eras demasiado intolerante y egoísta para ceder ante una mujer. Con ella no sería diferente, pensaste. Le dejaste claro que la cosa no iría en serio, que no habría obligaciones de ningún lado, que los derechos existirían de mutuo acuerdo y que cada quien podía retirarse del juego cuando así lo deseara. Sin embargo, un día, después de una de esas batallas que tanto disfrutaban los dos, le confesaste que la amabas. Ella se espantó porque creía, como tú se lo hiciste saber tantas veces, que lo de ustedes era algo casual, pero te las arreglaste para convencerla y para hacerle ver el potencial que tenían juntos. Parecía que todo iba bien, sólo que, como jamás habías sentido eso, tuviste miedo, comenzaste a celarla y a herirla y se te olvidó que para retener su atención y su cariño no hacían falta los chantajes y las manipulaciones o los gritos y los reproches. Te olvidaste de conquistarla y de hacerla reír, se te salió de las manos y te volviste un ser voluble, al punto que un día la amabas y al otro te era indiferente. El día que ella dijo basta, el día que se cansó de tus contradicciones, asumiste una actitud digna y orgullosa, que con el tiempo se te convirtió en una joroba que ya no te deja mirar al frente.

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