El avión en el que viajaban jueces y ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación explotó. La aeronave ya había aterrizado en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México cuando ocurrió el atentado. Nadie dudó en responsabilizar a los cárteles de la droga de la tragedia, pues, como ocurrió en Colombia en las décadas de 1980 y 1990, el Poder Judicial se había convertido en un objetivo a combatir. El hecho, en el que treinta personas murieron y algunas más resultaron heridas, movilizó, como nunca, a los medios de comunicación nacionales e internacionales, aunque de alguna u otra forma yo sabía que el ataque no sólo era obra del narco… Desperté. Eran las 04:30 horas del 17 de febrero de 2011. Como muchas otras veces en las que imágenes de sicarios, balaceras, emboscadas, narcotraficantes, amenazas, bombas, granadazos y ejecutados me acechan no pude volver a dormir. Más tarde, enfermé del estómago y me bajó la temperatura, supuestamente por la leche que tomé, aunque sé que en realidad somaticé la angustia y la impotencia y el miedo y la desesperación, como hace tres meses y medio, cuando tuve la peor de las crisis.
El viernes 5 de noviembre de 2009, la Armada abatió a Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, «Tony Tormenta», uno de los principales líderes del Cártel del Golfo, tras más de seis horas de enfrentamientos en Matamoros, Tamaulipas. Según las autoridades federales, el saldo fue de nueve muertos, aunque algunos ciudadanos y medios estadounidenses aseguraron haber contabilizado más de cuarenta. Ese fin de semana tuve fiebre, vómito y náuseas y no quise cerrar los ojos para no escuchar las balas de la refriega, para no ver sangre, ni los boquetes que las granadas abrieron en las paredes de la ciudad ni el cadáver de Carlos Alberto Guajardo Romero, reportero del diario local Expreso, tumbado en su coche con un tiro en la cabeza. Ese fin de semana, como muchas noches, no quise cerrar los ojos para no recordar y para no pensar, no quise dormir para no seguir viendo algo de lo que quisiera escapar.
El viernes 5 de noviembre de 2009, la Armada abatió a Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, «Tony Tormenta», uno de los principales líderes del Cártel del Golfo, tras más de seis horas de enfrentamientos en Matamoros, Tamaulipas. Según las autoridades federales, el saldo fue de nueve muertos, aunque algunos ciudadanos y medios estadounidenses aseguraron haber contabilizado más de cuarenta. Ese fin de semana tuve fiebre, vómito y náuseas y no quise cerrar los ojos para no escuchar las balas de la refriega, para no ver sangre, ni los boquetes que las granadas abrieron en las paredes de la ciudad ni el cadáver de Carlos Alberto Guajardo Romero, reportero del diario local Expreso, tumbado en su coche con un tiro en la cabeza. Ese fin de semana, como muchas noches, no quise cerrar los ojos para no recordar y para no pensar, no quise dormir para no seguir viendo algo de lo que quisiera escapar.

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