El síndrome del copiloto

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I
Cuando era niña, mi papá me invitaba a acompañarlo a trabajar, de refaccionaria en refaccionaria o de taller en taller. Pasaba horas junto a él, escuchando sus historias de San Rafael, de la tía María, del dueño de tal o cual lugar, de sus hermanos, de los coches, de las refacciones o de nada, porque la mayor parte del tiempo íbamos callados. Se convirtió en rutina que me hiciera notar la misma cosa del mismo lugar. Si tomábamos Cien Metros entrando por Insurgentes, Nacho invariablemente decía: «Esto es una verdadera curva, señores»; si pasábamos por Xola y Amores, él siempre decía: «Aquí vivía el Morado, le decíamos así porque tenía las uñas y los labios morados, yo creo que tenía un problema de circulación, me preguntó qué habrá sido de él, yo creo que ya murió»; cuando pasábamos por el restaurante El Bajío, mi papá solía recordar el día que, a los dos años de edad, me comí dos tacos de carnitas y terminé vomitando todo el vestido de mi abuela, y así. En los trayectos, yo ponía música cuando me aburría y Nacho siempre le bajaba al radio, aunque le dijera que esa canción me gustaba.

II
Las tardes con Nacho acabaron cuando entré a la prepa y el tiempo no me alcanzó más. Él nunca me lo reprochó, aunque yo sí lo lamenté, aunque no sabía cuánto. Hace dos días, sin embargo, Nacho y yo nos encontramos solos en casa, así que me pidió que lo acompañara a comprar una pieza para su coche. Como en los viejos tiempos, bajo un calor infernal, buscamos de local en local, hasta que encontró lo mejor y más barato. En el trayecto, me preguntó si me acordaba de un deshuesadero, cosa que por supuesto no hacía. Cuando comenzó una canción que me gustaba, mi papá decidió bajarle al radio y yo me reí, aunque él no supo por qué, luego me contó algo que ya había hecho antes, aunque no recuerdo muy bien qué fue. Me hizo gracia haber regresado veinte años en el tiempo. Se me arrugó el corazón.

III

A diferencia de la mayoría de las personas, me gusta pasar tiempo en un coche, siempre y cuando sea en el asiento del copiloto. Cuando lo hago, hablo menos de lo habitual, porque respeto los silencios que Nacho me enseñó, y me he descubierto bajando el volumen del radio para no perturbar la paz. A veces, también, me río solita de cosas que él hubiera dicho o me invade la nostalgia al recordar cosas que él me enseñó, y, entonces, comprendo que en ese lugar me siento en paz porque todo está lleno de mi papá.

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