El día que Christopher González decidió jalarme el flequillo hasta arrancarme una buena parte de pelo, Tipi le metió una paliza que seguramente jamás olvidó. Yo iba en segundo de primaria, el verdugo en tercero y el héroe en cuarto. Pasado el incidente, el director del colegio fue notificado y mandó llamar a mi hermano, no para regañarlo, sino para felicitarlo por haberme defendido. Así era Mr. Crowley.
A diferencia de la mayoría de los directores, Mr. Crowley no era temible, ni gritón, ni regañón, ni abusaba de su autoridad a base del típico «porque lo digo yo». Al contrario, creía y profesaba que los niños, normalmente, tenían la razón, así que siempre se tomaba un tiempito para hablar con ellos, disfrutar de ellos, aprender de ellos, compartir con ellos. Hablaba con las mamás para conocer más de sus alumnos, recurrentemente organizaba visitas a su casa para mostrarnos sus trenes y el Día de San Patricio siempre nos tenía preparada alguna sorpresa, como monedas de oro de chocolate o tréboles de cuatro hojas. Sospecho, incluso, que sabía los nombres de cada uno de sus estudiantes, a quienes siempre supo qué decirles para hacerlos sentir por encima del mundo de los adultos. Supongo que fue por amor que decidió fundar el Colegio Irlanda, porque no imagino que pudiera verlo sólo como un negocio. De hecho, me atrevería a decir que los números sólo le eran importantes para saber cuántos regalos tenía que llevar, como cuando viajó a África y compró un fósil para cada niño, o como cuando fue a Japón, de donde trajo yenes para todos.
Al terminar el ciclo escolar 1997-1998, Mr. Crowley decidió que la vida del colegio había llegado a su fin. Alumnos, exalumnos y maestros sufrimos porque junto con él se irían cientos de sueños, de risas, de recuerdos, de aprendizajes. Sólo él sabrá cuáles fueron los motivos que lo llevaron a dejar atrás la escuela, aunque jamás dejó de ser un gran maestro de vida, porque del destino y de su vocación le fue imposible escapar.

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