Él había vuelto a nosotros y nosotros, ocupados en cosas más importantes, no le creímos, hicimos escarnio de su pinta de loco, lo recluimos en un manicomio por querer perdonar nuestros pecados como había hecho dos mil años antes. Pero desde entonces ya nada era lo mismo, el mundo había dado una vuelta de carnero y la fe en las cosas sagradas habíase enfriado a tal punto que ya nadie sabía siquiera rezar el padrenuestro. Estábamos deslumbrados por los nuevos inventos, ellos ocupaban el puesto de lo divino, suyos eran los milagros que nos suspendían de asombro y ante los cuales nos prosternábamos con unción. Como él mismo lo había profetizado muchas veces, los inventos modernos se estaban convirtiendo en el Anticristo anunciado en la Santa Biblia, de tal modo que, embelesados hasta el embobamiento, preferíamos sentarnos a oír esos tontos aviso comerciales en las radioemisoras o bailar al compás lascivo de un disco de acetato, repetido una y mil veces, antes de escuchar una de sus vivificantes prédicas; o íbamos a encerrarnos en uno de esos cinematógrafos malolientes a ver pistoleros y mafiosos mal agestados matándose unos a otros con una livinidad pasmosa (casi siempre por culpa de una rubia canalla de senos admirables), antes que ver uno de sus reales milagros de sanación y conversión. La radio, el disco, el cinematógrafo eran ahora nuestros becerros de oro, y los locutores y los cantantes y los actores eran nuestras deidades, nuestros tótems, nuestros pequeños dioses a los que adorábamos y rendíamos pleitesía y caíamos desmayados ante su presencia como ante la fúlgida aparición de la Virgen Purísima. Tanta era nuestra tontera que hasta tratábamos de imitarlos en su modo de vestir, de hablar, de levantar el dedo meñique; y en esos menesteres nos volvimos fatuos, «la vanidad de vanidades» del Eclesiastés comenzó a permearnos completamente. Cada uno actuaba como «ese gallo que creía que el sol salía en las mañanas sólo para oírlo cantar a é», tal cual solía decirnos en sus prédicas y sermones, con palabras que en su momento nos parecieron pedestres, olvidando que en su primera venida había llegado hablando en parábolas, en sencillas historias que contaban de hijos pródigos, de obreros de viñas, de pobres viudas sufrientes, narraciones que hasta los mismos niños entendían. Y tal vez por eso mismo lo miramos en menos y lo menospreciamos como a un pordiosero –quizás hasta el mismo Dios lo abandonó a su arbitrio, y se quedó en la Tierra como un astronauta olvidado en un planeta hostil-, tanto así que, al final, ya convertido en un Cristo malandante, al que nadie seguía ni oía, tuvo que colgar su túnica, tirar sus sandalias peregrinas y asentarse a vivir como un gentil cualquiera.
El arte de la resurrección
Hernán Rivera Letelier
Hernán Rivera Letelier
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