
Aún quedan las huellas de la bonanza, pero no es el mismo lugar que hasta hace un par de años se coronaba como La Sultana del Norte. Hay más silencio que de costumbre, acaso porque han sido tantas las balas que las voces han optado por callar, acaso porque los convoyes federales intimidan más que resguardar y amenazan más que proteger. En el día se respira cautela pero de noche la vida parece entrar en estado de coma, la gente se refugia temprano para aminorar los riesgos, aunque nadie está del todo seguro. “Yo ya veo las balaceras como función de cine. Si no te toca la de las 12:00, pues igual llegas a la de las 2:00 o a la de las 4:00 o a la de las 8:00”, dice un periodista y agrega: bienvenida a Monterrey.
La capital de Nuevo León siempre fue la orgullosa capital industrial del país. Decenas de exitosas empresas, una gran derrama económica, y un alto IDH y nivel de educación diferenciaban a los regiomontanos del resto de los mexicanos, tanto que, en 2010, Monterrey fue clasificada por Mercer Consulting como la ciudad número 98 a nivel mundial en calidad de vida, la primera de México. Sin embargo, en enero de ese mismo año, la ruptura definitiva entre el Cártel del Golfo y Los Zetas, su brazo armado durante más de una década, provocó el aumento de la violencia en el estado, especialmente en la zona metropolitana. Mientras que en 2009 se contabilizaron 69 homicidios al estilo del crimen organizado, para 2010 el número aumentó a 610, según un conteo del Grupo Reforma. En lo que va de 2011, la entidad suma 513 muertes derivadas de la guerra entre y contra los cárteles, cifra que la coloca en el cuarto lugar a nivel nacional, sólo superada por Chihuahua, Sinaloa y Guerrero.
“Primero decíamos que eran leyendas urbanas, cuando nos decían de los decapitados o de los “levantados”, pero, ahora, todos conocemos una historia verdadera de alguien cercano, si no es que de nosotros mismos”, afirma Eduardo, quien trabaja como mesero en un hotel.
A los asesinatos, se suman los secuestros y extorsiones, los “levantones”, las amenazas de muerte, los ataques a corporaciones policiacas y a medios de comunicación, los narcobloqueos, que se valen de civiles para evitar el paso de los militares, las desapariciones forzadas, las fosas clandestinas, las violaciones a los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad, las omisiones de las autoridades, la impunidad.
“Lo vimos venir y nos hicimos pendejos. Aquí siempre culpan a los de afuera, siempre dicen que los de afuera hacen la violencia, pero no, somos nosotros mismos los que lo hemos permitido, somos cómplices”, dice Evaristo, un taxista que ejemplifica el solape de la sociedad con el incremento de casinos y bares.
“Lo veíamos lejano, pensábamos que a nosotros no nos iba a pasar porque no somos Juárez, somos Monterrey y no pensamos que con tanto dinero que hay aquí se iba a permitir, pero nos pasó, nos pasó y ahora nadie sabe cómo arreglarlo”, agrega el periodista.
Hoy Monterrey ya no vibra como antes, porque tiene el ego herido. Por eso, por primera vez, sus ciudadanos, que siempre se identificaron más con los estadounidenses que con sus connacionales, saben lo que es ser mexicano; por eso, hoy su solidaridad no está con su región, sino con un país al que cada vez se parece más.
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