
Miguel Huerta, de 53 años y origen humilde, ha sido la única persona que ha tenido paciencia y fe en mí, en lo que más me ha costado trabajo aprender: conducir. Se ha desvelado por mí, me ha regalado parte de su tiempo, me ha aconsejado y me ha dado la confianza que necesitaba. Durante nuestras horas de práctica, Miguel me ha contado que a él le hubiera gustado mucho estudiar pintura, pero que la necesidad se lo impidió. Yo le he dicho que no abandone la idea de estudiar, porque no debe desperdiciar su don. La última vez que nos vimos, Miguel me regaló una réplica de un fragmento de un códice mexica, que él mismo pintó y en cuyo reverso hallé una explicación: “El Tlacuilo”, el que tiene el don de la escritura. Luego me pidió que no abandonara la idea de escribir.
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