Cincuenta es un buen número para saber si el cambio ha sido favorable, un número ni muy chico ni muy grande para ser objetiva. Llegué a mi nuevo trabajo el 26 de abril y desde entonces he estado en movimiento permanente. Me gusta esa sensación que provoca la incertidumbre, ese vacío que se genera en el pecho cuando la curiosidad llega, la fuerza que motiva la búsqueda de estabilidad cuando has salido de una zona de confort, me gusta saber que ha habido una ruptura lo suficientemente grande para ponerle fin a una historia, me gusta aprender, me gusta darme cuenta de lo que hay detrás las paredes y entender que aún no sé nada de lo que algún día tengo que saber. Cincuenta días después, la vida es distinta.
Por primera vez desde que tengo 16 años, comí una tarde entre semana con mis papás y paso más tiempo con ellos; viajo mucho, duermo menos pero tengo más energía; hago yoga una hora y media diaria y corro, al menos, tres veces por semana; he aprendido mucho de deportes, espectáculos y glamour; a los políticos cada vez los veo más feos; leo más y escribo menos; hay muchas personas y nombres nuevos en mi vida; me gusta la vista que tengo desde la oficina y a veces me pierdo observando el campo militar, los coches, los árboles y los edificios; tomo menos café y como más sano; mis uñas por fin regresaron a la normalidad; disfruto las pláticas mañaneras con mi papá; no he podido escuchar tanta música como quisiera; me gusta la gente de mi oficina; la máquina de refrescos me roba un peso diario; hablo menos; leo más; terminé de pagar mi deuda de la universidad; le perdí el miedo a los coches; extraño hablar con Tipi y extraño, también, a mi familia de la redacción; uso ropa menos formal; no he tenido migraña ni dolor de barriga ni insomnio, pero aún me hace falta esa adrenalina que se siente cuando la información que tienes en tus manos está a punto de explotar; me he resistido a los amigos diseñadores para no fallarle a Miguel, de quien extraño las charlas filosóficas y las burlas y los consejos y las risas y los regaños; no he vuelto a escuchar música ochentera por respeto a Roblinho y al canijo mayor; me hacen falta las chacalerías e indiscreciones de mis muchachos y los enojos de mi comadre cuando ven a una mujer; tuve que instaurar en mi oficina el cajón de los dulces y la gente se sigue sorprendiendo de la dinámica de comer por comer; dejé morir algunos demonios; confirmé mi gusto por los brasileños y volví a dejarme seducir por Bolaño. Estoy viva y es mucho más de lo que puedo pedir.
Por primera vez desde que tengo 16 años, comí una tarde entre semana con mis papás y paso más tiempo con ellos; viajo mucho, duermo menos pero tengo más energía; hago yoga una hora y media diaria y corro, al menos, tres veces por semana; he aprendido mucho de deportes, espectáculos y glamour; a los políticos cada vez los veo más feos; leo más y escribo menos; hay muchas personas y nombres nuevos en mi vida; me gusta la vista que tengo desde la oficina y a veces me pierdo observando el campo militar, los coches, los árboles y los edificios; tomo menos café y como más sano; mis uñas por fin regresaron a la normalidad; disfruto las pláticas mañaneras con mi papá; no he podido escuchar tanta música como quisiera; me gusta la gente de mi oficina; la máquina de refrescos me roba un peso diario; hablo menos; leo más; terminé de pagar mi deuda de la universidad; le perdí el miedo a los coches; extraño hablar con Tipi y extraño, también, a mi familia de la redacción; uso ropa menos formal; no he tenido migraña ni dolor de barriga ni insomnio, pero aún me hace falta esa adrenalina que se siente cuando la información que tienes en tus manos está a punto de explotar; me he resistido a los amigos diseñadores para no fallarle a Miguel, de quien extraño las charlas filosóficas y las burlas y los consejos y las risas y los regaños; no he vuelto a escuchar música ochentera por respeto a Roblinho y al canijo mayor; me hacen falta las chacalerías e indiscreciones de mis muchachos y los enojos de mi comadre cuando ven a una mujer; tuve que instaurar en mi oficina el cajón de los dulces y la gente se sigue sorprendiendo de la dinámica de comer por comer; dejé morir algunos demonios; confirmé mi gusto por los brasileños y volví a dejarme seducir por Bolaño. Estoy viva y es mucho más de lo que puedo pedir.

Deja un comentario