
6 de junio. Llego de noche, en medio de una lluvia fría y del caos aeroportuario provocado por las cenizas del volcán chileno Puyehue. A primera impresión, me parece una ciudad melancólica pero es probable que sea mi estado de ánimo. A diferencia de Sao Paulo, en las noches, la ciudad descansa en silencio.
***
7 de junio. La gente es amable y sencilla, mucho más que en Sao Paulo. Las personas aún conservan esa elegancia típica de las ciudades que han crecido sin la presión de ser la capital de un país: hablan, se visten y se arreglan con clase, con buen gusto, con un porte que ya quisiera yo. Recorro las calles y me encuentro con construcciones antiguas, con paredes gruesas y sólidas, con puertos, con agua. Me recuerda a Lisboa y la melancolía termina de instalarse en mí.
***
8 de junio. Pienso en Joana y en el viaje que hice con los dominicanos, con Yamil y Héctor, y en la Raai (que no la RAE). Pienso que me hacen falta, que debería volver a Europa, que nunca debí irme. En un mercado pido bacalao para comer, buscando que me sepa un poquito a Portugal. El pescado es perfecto, el guaraná es perfecto, el ambiente es perfecto, la música es perfecta y el clima es perfecto. Sólo faltan ellos.
Deja un comentario