Postales III: Madrid, España

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29 de junio. Para llegar a Londres, el avión hace escala en Madrid. El vuelo se demora y da tiempo para salir, por dos horas, a la ciudad que tanto quiero. Tomamos el Metro desde Barajas y bajamos en la estación Tribunal. Me encuentro a Alex, mi compañero de la maestría, y me emociona ver una cara conocida después de tres años de ausencia. Bajamos a Gran Vía y tomamos un par de fotos en Correos y Cibeles. Tomamos la calle de Alcalá hasta llegar a Puerta de Sol. No es el mismo Madrid que recuerdo. Muchos de los comercios están cerrados y hay pintas en gran parte de las paredes, hay dos casas de campaña, resquicios del movimiento 15M, habitadas por jóvenes y, pese a las ofertas, no existe el revuelo comercial de la economía boyante española que me tocó vivir. Apenas unas horas antes había leído en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, una frase que uno de sus personajes, un poeta catalán, decía frecuentemente: “Me duele España”. A mí también, pensé.

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29 de junio. Han pasado unos minutos desde que pisé Madrid y ya no quiero llegar a Londres. Deseo reestablecerme aquí para siempre. Me vienen a la mente cientos de imágenes, de nombres, de caras, de recuerdos. Pienso en la Raai (que no la RAE), en A., en Yamil y Héctor, en Ana, en Sol, en Joana en Anisi. Pienso en El Mundo y en mi trabajo como periodista, pienso en la gente de la redacción, en los chicos del master, en los latinos, en Tato y en Alonso y en Karim, pienso mucho en Karim. Conforme avanzo, siento que las calles se vienen sobre mí, como si fuera una avalancha que me atrapa, como si no quisieran dejarme salir.

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29 de junio. El bar de las croquetas que me enseñó el Aldeano, donde se fundó el PSOE, está cerrado, así que comemos en el Museo del Jamón en Plaza Mayor. Pido bocata de queso de oveja curado y me sabe a gloria. Lo acompaño con vino y pruebo la paella y la ensalada manchega y deseo no llenarme nunca para poder seguir comiendo. Intento memorizar esos sabores para que se queden guardados en mí por el resto de los días.

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29 de junio. Es inevitable llorar. Si pudiera parar el tiempo, si pudiera buscar a la gente que tanto extraño, llamar a A. y decirle que cumplí la promesa o a Karim para que sepa que estoy a su lado o a mis amigas del master para tomar uno de esos cafés con los que pretendemos curarnos el corazón, si pudiera quedarme aquí, si pudiera no irme otra vez… Entonces, por primera vez desde hace tres años, considero seriamente en dejar todo en México y mudarme nuevamente a Madrid, volver y empezar de cero.

Un comentario

  1. Anónimo

    Enano, efectivamente sólo quedan los vestigios del Madrid que vivimos y quisimos. Pero la esencia queda y es lo que lo hará regresar. Que pena que no me enteré que estabas en la Villa. Me hubiera gustado verte. Un fuerte abrazo y siempre te recuerdo. Espero nos veamos pronto amiga. Estupendas las postales de tus vacaciones.

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