8 de julio. Los viajeros nos hemos separado ya. Vuelvo a Londres por un día y decido darle una segunda oportunidad. Como una tarta de queso de cabra con mermelada de cebolla en un restaurante francés de la zona de Kensigton High Street y frutos rojos congelados con salsa caliente de chocolate blanco y la perspectiva comienza a cambiar. Camino durante horas por Hyde Park y por la zona diplomática. Uso el Underground y observo dos, tres, cinco nacionalidades o más en un vagón de metro. Me gusta el chico que toca una canción de Elvis al salir de una de las estaciones.
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8 de julio. En 2012, Londres será sede de las Olimpiadas. La remodelación de sus calles complica todo. Algunas estaciones del Underground y muchas calles están cerradas por remodelación, lo que agrega estrés al caos. Hay construcciones por toda la ciudad y algunas rutas de autobuses han sido modificadas. Los taxis son excesivamente caros y es buen pretexto para caminar hasta no poder más.
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8 de julio. Recorro el Soho. Me gustan las tiendas pequeñitas de marcas locales. Me pierdo con la ropa y accesorios vintage. Me divierto con las tiendas de cosas inútiles y pienso que a Tipi le gustaría. Me agrada la arquitectura, es mucho más armónica que la de otras zonas de la ciudad. El ambiente que se respira también es más ligero.
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8 de julio. Frente al hotel, hay un restaurante indio. Aprovecho que es mi última noche y ceno ahí. Hay cerveza marca Cobra. Me da risa el nombre. No es mala. Como rotis con chatnis, samosa y vada y mi curri con naan es buenísimo. Quisiera no llenarme para no dejar de comer. Odio que no haya mucha de esta comida en México.
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9 de julio. El recepcionista rumano del hotel podría ser un personaje de cuento de terror, pienso. Hago el check out y me quedo dormida de camino a Heathrow. El vuelo se retrasa. Estoy voluble porque estoy cansada y no quiero que se acabe el viaje pero también quiero regresar a casa. Estoy feliz porque en toda esta aventura a mi lado estabas tú.

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