Revalorando al demonio

Avatar de DEVA

El señor del gas siempre fue mi principal demonio. Era peor que el robachicos, así, sin más. Nunca pude verlo, nunca supe por qué tenía que gritar “el gaaaas” tan aterradoramente. SieEmpre me escondí de él, aun cuando estuviera acompañada de Tipi. Apenas lo escuchaba y salía disparada hasta el fondo de la casa, donde sus arengas no pudieran alcanzarme. Le temía, le temía porque era fuerte y porque lo imaginaba como un cínico de encías sangrantes e inflamadas, con ojos de demonio, con ganas de atraparme. No hubo aullido suyo que no me provocara escalofrío, angustia e incomodidad, incluso después de haber abandonado la niñez.
Hoy, sin embargo, al salir de una práctica liberadora de yoga, me topé con un muchacho de unos 18 años, flaco y de brazos fuertes, de piel morena y gesto blando. Llevaba una faja en la cintura para cargar cosas pesadas. Me sonrió amablemente, estoico, como si no fuera lunes por la mañana, y me dio uno de esos buenos días revitalizadores. Después comenzó a gritar “el gaaas”. Me quedé de pie, mirándolo y por primera vez no tuve miedo. Me reí sola, me reí fuerte, porque el ser al que yo siempre le temí resultó ser compasivo.


Deja un comentario